Cada año, el último martes de mayo se celebra en Suiza y en varios países europeos la Fiesta de los Vecinos. Se creó en 2004 como una iniciativa para promover e contacto entre las personas que viven en un mismo edificio y que solo se cruzan en el corredor, en la entrada o en el elevador de vez en cuando y se intercambian, eso sí, un educado “buenos días”.
A mí, que vengo de una sociedad en el que el contacto entre la gente es frecuente y espontáneo -en México en un dos por tres se improvisa algo; una comida o una reunión-,me resultó sorprendente enterarme de esta reciente tradición y participar en ella. En mayo de 2009, ocho millones de europeos convivieron (verbo imposible de traducir con precisión al francés o al inglés; e ignoro si a otras lenguas) con sus vecinos en 30 países durante la velada europea de los vecinos. Esa fue la primera a la que asistimos Dom y yo desde que estamos en Suiza y ahí hicimos dos nuevas amigas.
Todo se organiza con antelación: a cada quien le toca llevar algo; un platillo, una ensalada, una botella de vino, queso, etc. Esto es un poco exótico aquí, y es una excepción, pues las reuniones en las que cada invitado debe llevar un platillo son prácticamente desconocidas acá (tal vez se las considera demasiado informales) y se llaman “buffet canadien”; ignoro la razón; tal vez sea porque en todo el continente americano acostumbramos este tipo de reuniones. La fiesta de los vecinos es una velada en la que se convive con personas que uno apenas conoce que durante unas horas nos permiten entrar un poco en sus vidas, -las que el resto del tiempo permanecen en la más aboluta discreción-.
Ayer fue la fiesta en la entrada de nuestro edificio (y en toda Europa); esta vez, Dom y yo solo nos quedamos un ratito, pues cuando regresamos a casa ya era tarde y estábamos cansados. Aún así, la pasamos a gusto.
Después de casi siete años, sigo descubrendo este país donde vivo.
Están por todas partes en casa: en la recámara, en la mesa de la sala, en mi escritorio, y por supuesto, llenando los libreros. Dom y yo vivimos rodeados por ellos. La pasión por los libros puede a veces llegar a convertirse en un problema práctico en términos de espacio. Si uno es lector ávido y adquiere libros con frecuencia, a lo largo de su vida irá constituyendo una biblioteca bastante importante. En ciertos momentos resulta necesario deshacernos -no sin pesar- de algunos de algunos de ellos, como me sucedió cuando dejé México para instalarme en Suiza. Solo guardé una tercera parte de mi biblioteca; otros se quedaron en las bibliotecas de nuestra familia y amigos y el resto en una librería de viejo. Recuerdo la camioneta que llegó para llevarse aquellos libros demasiado voluminosos para hacer un viaje trasatlántico. Recuerdo haberme sentido desconsolada de verlos partir, pues muchos de ellos habían estado conmigo por años. Recordé lo que Günter Grass dijo una vez sobre las bibliotecas personales de las que hay que separarse cuando uno se va a vivir a otro lugar: en cada nuevo lugar en que había vivido, el escritor había vuelto a hacerse de una biblioteca totalmente diferente de la que tenía.
Muchos libros de los que dejamos en México fueron llegando gracias a la generosidad de mi amiga Liz y de sus hermanas, que en cada viaje a Europa, nos traían una maleta llena de libros. Al cabo de varios años de vivir aquí, he comprobado cuánta razón tenía Grass, pues nuestra biblioteca se ha enriquecido y ha cambiado de fisonomía, de lenguas, de temas, de autores. Ha ido evolucionando con nosotros
Por la manía que tenemos Dom y yo de comprar más libros de los que podemos leer, estos se van acumulando en espera de unas horas libres que me permitan ponernos al día con las lecturas pendientes. Muchas de ellos tendrán que esperar meses (tal vez un par de años) para que por fin les llegue su turno: London, the biography de Peter Ackroyd (787p) , El hipnotista, de Lars Kepler (611p) o The shock doctrine de Naomi Klein (576p). Aunque me cueste aceptarlo, unos cuantos -una pequeñísima minoría- no los leeré probablemente nunca. Son libros cuya adquisición obedeció a un interés momentáneo, olvidado ya. En cambio, algunos otros, empiezo a leerlos en la librería y luego, ávidamente, en el tranvía, de camino a casa. Ya bien instalada en mi sillón, sigo leyendo hasta terminar (a veces hasta ya entrada la madrugada).
Entre todos los libros que viven con nosotros, hay algunos que pertenecieron a mamá, como El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrel, que leo en pequeñas dosis y de vez en cuando, para prolongar la lectura de un libro que para ella era apasionante.
¡Hay incluso libros que hablan sobre cómo vivir entre libros! (ver foto)
Están también los libros de referencia (diccionarios monolingües, bilingües, de uso, combinatorios o visuales) y otros “inseparables” que han estado conmigo durante años; que han atravesado épocas y lugares y a los que vuelvo a menudo: Cartas a mujeres y Un cuarto propio, de Virginia Woolf, las novelas de Carson McCullers, , los ensayos y las novelas de George Orwell, la poesía de Adrienne Rich, Le deuxième sexe, de Simone Beauvoir, El encanto de la vida simple, de Sarah Ban Breathnach, las Crónicas del Plateau Mont-Royal, del quebequés Michel Tremblay y un largo etcétera. Más recientemente, los ensayos de Alain de Botton algunas novelas de Haruki Murakami y “Millenium”, de Stieg Larsson se han sumado a estos “inseparables”
Útimemente, también me he vuelto entusiasta de los libros de cocina. Me encanta el diseño y las fotos de algunas ediciones, como ésta, que solo con ver las portada, dans ganas de abrir el libro.
Ayer me di una vuelta por el Salón del libro de Ginebra. Mis adquisiciones: Pratique du dessin de Camille Rouy, Eating for England, de Nigel Slater (ensayo sobre las costumbres de los británicos en materia de gastronomía) y txtng, the gr8 db8, del lingüista británico David Crystal (un ensayo sobre cómo el el fenómeno de los sms afecta la sintaxis de los idiomas).
Hoy es un luminoso sábado de primavera. El sábado era el día en que acostumbrábamos hablar un largo rato por teléfono. Te contaba cómo me había ido la semana y me hablabas de la tuya. A veces, en el momento en que me contestabas, te ponía una canción de Sinatra o de Aznavour, lo que te hacía rememorar momentos felices. Nos reíamos mucho recordando anécdotas. Hablábamos también sobre tu juventud y en los últimos tiempos, te gustaba contarme sobre mi más temprana infancia; una edad de la que no tengo más recuerdos que los que tú me regalabas.
Hoy, meses después, me llegó de golpe el pensamiento de que nunca más volveremos a tener conversaciones sabatinas. La idea me tomó por sorpresa. Como si lo hubiera sabido sólo en teoría y ahora apenas me diera plena cuenta de ello. Me abatió una tristeza inesperada. Me quedé mirando un largo rato a través de la ventana la montaña, el río, las nubes. El mundo es maravilloso, pensé. Sin embargo, comprendí que todo lo que necesitaría compartir sobre él contigo se quedará guardado para siempre y que tu ausencia seguirá doliéndome aún por largo, largo tiempo.
Hace mucho que un libro no nos apasionaba ni nos atrapaba literalmente a Dom y a mí como lo ha hecho Millenium últimamente. Nos hemos sumergido en esta obra monumental de Stieg Larsson, periodista y autor sueco fallecido a la edad de 50 años en 2004, (el mismo año de la publicación de Millenium en Suecia). Millenium es una trilogía cuyos volúmenes suman algo más de 2000 páginas. Esun retrato de la sociedad contemporánea de principios del siglo XXI; una "Comedia Humana", a la manera de la inmensa obra de Balzac en el siglo XIX. Además de los protagonistas, principales, en Millenium hay un gran número de personajes secundarios perfectamente delineados y verosímiles. Los temas presentes en la novela -periodismo, informática, economía, política, psiquiatría, entre muchos otros- constituyen una radiografía de la sociedad occidental actual. Estoy convencida de que dentro de varios siglos, este libro servirá como documento de referencia para entender los primeros años del presente milenio.
Millenium atrapa al lector desde las primeras páginas. En palabras de Mario Vargas Llosa (ver su artículo "Lisbeth Salander debe vivir"), Millenium nos devuelve el placer de las primeras lecturas de infancia y juventud; aquellas que nos mantenían despiertos hasta altas horas de la noche. Pese a la crudeza de los asuntos que aborda, Millenium es un libro esperanzador. No todo es sórdido ni está corrompido, nos transmite; hay también personas con principos éticos en todas las instancias de la sociedad. Es además un libro poblado de mujeres fuertes, inteligentes y decididas.
Fundamentalmente, Larsson creía que las bases de la democracia son la labor periodística ética y la impartición adecuada de la justicia. Para Larsson, estas instituciones nos protegen de los totalitarismos y son los guardianes de la democracia.
En filigrana, como telón de fondo de la intriga principal del libro, está la vida contemporanea en Suecia. El lector de Millenium recorre las calles de Estocolmo, sus cafés y sus tiendas; entra en los apartamentos de los protagonistas y los acompaña en su deambular urbano o por parajes alejados. Millenium aborda una profusión de temáticas. En algunas de ellas ahonda, en otras se detiene un poco y apenas esboza otras. Por esta razón, Millenium no puede resumirse; es una experiencia que debe vivirse. Uno “emerge” de la lectura de las 2000 paginas como de un maremágnum.
Steig Larsson fue, hasta su muerte en 2004, redactor en jefe de una revista en la que seguramente se inspiró para aquella que da título a Millenium. Era un periodista observador de la sociedad y preocupado por la xenofobia, la violencia hacia las mujeres, los abusos del poder, la corrupción financiera o las ideologías de extrema derecha, cuestiones que no dejó de denunciar a lo largo de su carrera. Era también un apasionado de la novela negra. Según he leído, había planeado que Millenium constara de diez tomos. Su prematura muerte nos dejó solo tres, que están ya destinados a convertirse en clásicos contemporaneos.
Acabamos de regresar de diez relajados días en la costa española, lejos de televisión, computadora, internet, teléfono y demás tecnología omnipresente en nuestra vida diaria. Además de una pausa para el descanso, estos día nos regalaron conversaciones, risas, caminatas, y nos permitieron volver a descubrir el encanto de la vida sencilla. Delicioso. Regresamos descansados y energetizados para retomar el ritmo de nuestras actividades cotidianas.
Me encanta salir a caminar, sobre todo ahora que empieza a hacer buen tiempo. Siempre llevo conmigo mi libreta de dibujo. Me gusta dejarme sorprender por los lugares, los objetos y la luz en diferentes momentos del día. Rue de Carouge a mediodía / Rue de Carouge (Geneva), at noon
Aparador
Aparador de una vinatería italiana / Italian wine shop window
Colomba de Pascua, típico pan dulce italiano de esta temporada / Italian Easter brioche
Al pasar hoy frente a una agencia de viajes vi este anuncio que me llenó de deseos de poder dejar obligaciones y compromisos aunque fuera por unos días para volar a mi añorada ciudad. Me quedé viendo el anuncio un buen rato mientras me preguntaba a dónde iría espontáneamente si estuviera hoy allá. Sin duda caminaría por Reforma, me adentraría en las calles de la Colonia Juárez –que alguna vez fue “mi” colonia- hasta llegar a Balderas. Pasaría un momento viendo libros y CD en los puestos de Balderas. Continuaría por la avenida Juárez hasta Bellas Artes y todo me parecería a la vez familiar e irreconocible, como si se tratara de un sueño.
Una repentina bocanada de viento helado me devolvió al momento presente y se llevó la nostalgia. Metí las manos en los bolsillos del abrigo y apuré el paso para llegar pronto al calor de casa.
La otra tarde, Dom llegó a casa con un regalo para mí: una magnífica libreta que invita a llenarla de sueños y de proyectos. Me encantó, pues al abrirla, descubrí que sus hojas se prestan muy bien para dibujar con lápiz, rotulador e incluso con acuarelas. Además, cabe perfectamente en la mochila que llevo conmigo cuando salgo a dibujar. Ya no está haciendo tanto frío y hasta hay sol algunos días, lo que significa que la primavera no tardará mucho en llegar, y con ella, la oportunidad de pasar más tiempo fuera, llenando mi nueva libreta con lo que vaya descubriendo. Aunque mi técnica es básica e imperfecta (¡no aspiro a la perfección!), dibujar es para mí tan placentero como necesario. Como a todo el mundo −supongo−, expresarme creativamente me ayuda a encontrar el equilibrio en la vida cotidiana, a apresar el instante presente y aunque sea por momentos, a mirar el mundo con más atención.
Domingo, 3 de la tarde. Llaman a la puerta y es nuestra amiga Esther, una suiza alemana que conocemos desde hace poco pero de quien nos sentimos cercanos últimamente no solo porque vivimos en edificios contiguos. Como es día de san Valentín, pensó en nosotros –nos dice – y nos trae en un lindo paquete rojo, un par de macarons de chocolate en forma de corazón. El detalle nos conmueve por muchas razones: porque no es común aquí que alguien pase a casa de uno sin avisar, así que esta visita espontánea nos iluminó el día; también por lo gratificante que resulta saber que otros aprecian nuestra compañía y la buscan; por sentir que se van forjando vínculos con alguien que hace poco entró en nuestra vida y que empieza a formar parte de nuestras afinidades electivas, así como nosotros de las suyas. Siempre he tenido la impresión de que no podemos decir que pertenecemos a un lugar mientras no tengamos en él algún amigo. Desde hace ya un tiempo que por fin puedo decir que pertenezco a esta ciudad, pues aquí también viven personas a las que puedo llamar amigos.
Al comenzar un año nunca sabemos lo que los meses -o incluso los días- siguientes habrán de traernos. Durante estas semanas he dejado simplemente que los días pasaran. Es normal, me digo, cuando experimentamos una gran tristeza. El mes de enero fue un largo paréntesis del que salgo poco a poco. Quiero recuperar la alegría y el entusiasmo, así que he decidido que mi año comenzará de nuevo en febrero.
Esta mañana, la radio anunciaba que seguirían las bajas temperaturas. Sé que a algunas personas las deprime, pero a mí me gusta este cielo gris de invierno; un cielo bajo, que filtra la luz y la devuelve pálida, apenas perceptible. Desde mi ventana se ven las ventanas de los edificios de enfrente, todas con las luces eléctricas encendidas ya desde temprana hora; me hacen pensar en los cuadros de Edward Hopper. Tomamos café. Dom se va a trabajar. Yo ya he terminado los exámenes del semestre y tengo unos días de descanso.
Por la tarde me decidí a salir para disfrutar mi ritual de cada mes: pasarme un largo rato hojeando revistas y comprando algunas de mis preferidas: Philosophie, Books, Psychologies, Arts MagazineyCahiers du Cinéma. Hay que decir que la selección va cambiando cada cierto tiempo, según nuestros intereses. Me pone de muy buen humor pasar horas –literalmente- hojeando publicaciones sobre cine, literatura, actualidad, etc. Me encanta pasar los dedos por las páginas que huelen a nuevo, recorrer el índice de la revista en busca del artículo de una sección particular. Salí de la librería muy contenta con mis adquisiciones. Ya en casa, preparé té y me lo serví en mi gran tazón; me arrellané en el sofá y me sumergí en la lectura. ¡Rituales como éste me hacen muy bien al ánimo!
Estoy releyendo L’espace prend la forme de mon regard (El espacio adopta la forma de mi mirada), un libro que descubrí hace tiempo gracias a Dom. Es de uno de sus autores preferidos: Hubert Reeves (Montreal, 1932), célebre astrofísico y catedrático quebequés que además de científico, es un gran humanista. Su humanismo es patente en su forma de divulgar la ciencia. Lo he leído en francés; no sé si sus libros estarán traducidos al español, así que he traducido algunos algunos fragmentos del texto que me conmueven. Es un pequeño volumen de apenas 80 páginas; las reflexiones que contiene sobre nuestra vida inserta en la vida del planeta y en la del universo resultan sabias, profundas, y a la vez, asombrosamente sencillas. Es una lectura que me alienta mucho estos días.
El paso del tiempo
Al poner el dedo pulgar sobre la muñeca derecha, siento el latido de mi corazón. Durante un largo momento, me quedo escuchando este ritmo fiel e imperioso que me acompaña desde mi nacimiento y constituye la trama de mi existencia.
A través de la secuencia sin interrupción de los padres y los abuelos que me lo legaron, este latido bajo mi pulgar me conecta directamente con el pasado lejano de la vida terrestre y me inscribe en una historia que dura desde hace cientos de millones de años.
Me inscribo en este momento preciso de la historia del mundo. Durante algunos decenios, portaré la antorcha de la conciencia que existe gracias al latido de mi corazón. Como tantos otros antes, mi latido se extinguirá mientras que otros comenzarán su marcha. Es esa la vertiginosa y formidable aventura de la vida sobre la Tierra.
*
El simple hecho de existir nos asombra de la manera más absoluta. Evidencia tan engañosamente sencilla que casi se confunde con el misterio de lo que hay antes del nacimiento y después de la muerte.
Pensamos con toda naturalidad que nuestra vida se inscribe en un intervalo de tiempo, que se cifra en años del calendario, que se inserta en un siglo o entre dos. A pesar de que el calendario es una convención, creemos saber lo que es el tiempo. ¿Existe fuera de nuestros cerebros humanos? ¿sigue transcurriendo cuando ya no estamos aquí?
Más allá de la secuencia tan familiar de las cuatro estaciones, repetida varias veces a lo largo de nuestra vida, se extiende el ámbito completamente incognoscible en el que tantos de nuestros seres queridos ya han entrado.
Las personas mueren, pero la vida, a su manera, sigue su curso tranquilamente. No tendríamos que ver la muerte como una interrupción, sino como un relevo, como la imagen del corredor griego que transmitía la flama del fuego olímpico antes de desplomarse. Nuestra vida es corta pero nuestra especie está constituida para durar. Cada uno de nosotros constituye un eslabón de la cadena.
Hubert Reeves, L'espace prend la forme de mon regard Éditions du Seuil, 1999
Últimamente he estado pensando en cómo vamos pasando por la vida de otros y cómo los demás van pasando por la nuestra. Sucede a veces que seres que nos han sido muy cercanos no vuelven a aparecer en nuestro camino, mientras que sin duda, habrá otros que nos acompañarán siempre, en cada etapa; que evolucionarán con nosotros; que serán nuestros cómplices de vida y depositarios de nuestros secretos. Ellos serán los entrañables, el círculo íntimo.
Con otros nos habremos cruzado una sola vez, pero su recuerdo no nos abandonará nunca. Seres de quienes lo que echaremos de menos será lo que no compartimos, las muchas ocasiones que nunca fueron, lo que quedamos sin conocer, lo que nunca se dijo.
Existirán algunos cuantos que habremos conocido en algún momento y que solo volveremos a encontrar al cabo de mucho tiempo, cuando nos hayamos convertido ya en otras personas. Los recordaremos como pertenecientes a una época lejana –casi a otra vida- y un reencuentro con ellos será doblemente enriquecedor, pues estará hecho tanto de lo que alguna vez compartimos como de las posibilidades que nos abre el presente.
Algunos otros habrán partido muy pronto, pero mientras existamos formarán parte de nosotros mismos y de lo que somos y al cabo de una vida tal vez comprendamos lo que nos enseñaron y por qué tuvieron que irse cuando se fueron. Viviremos alternadamente momentos de profunda tristeza por su ausencia, cuando nada parecerá valer la pena, cuando lo que más duela sea lo que ya no compartiremos y el paso de los días, que nos alejen cada vez más de la ultima vez que estuvimos juntos; y momentos de inmensa gratitud por haberlos tenido en nuestra vida, momentos en los que sentiremos la obligación cósmica de ser felices, por ellos, por nosotros, puesto que hemos de seguir viviendo y formando parte del mundo hasta que, a nuestra vez, tengamos que despedirnos
Amaneció nevando este lunes de regreso a las actividades normales. Dom me despertó en la mañana sonriendo y me dijo: “mira por la ventana”; fue mi primer regalo del día. La nieve nunca dejará de maravillarme, a pesar de que vivo aquí desde hace seis años, siempre me sorprenderá despertar una mañana, asomarme por la ventana y ver que mientras dormía, el mundo se transformó.
Aunque la nieve invita a quedarse casa, esta mañana pasé un par de horas en la biblioteca de la universidad. A mediodía, por el simple gusto de sentir los frescos copos de nieve cayéndome en el rostro -y porque es mi cumpleaños- me encontré con Dom en el parque; paseamos un rato y antes de regresar a casa entramos a una pastelería por un moelleux au chocolat para compartir más tarde con una buena amiga. Hubiera querido seguir paseando, perocon el frío es imposible permanecer mucho tiempo fuera. Ya estamos en casa y sigue nevando en la ciudad, en mi barrio, en mi cumpleaños.
Y ahora demos la bienvenida al Año Nuevo, colmado de cosas que nunca han sido - Rainer Maria Rilke
Un nuevo año, doce meses llenos de posibilidades y de comienzos. Un año que quisiera de creatividad y de renovación. Un año de armonía entre nuestros anhelos y el potencial para realizarlos. Un año nuevo, qué magnífica oportunidad para recuperar el entusiasmo y reconectarnos con nuestros sueños.
Termina 2009. Aún no me acostumbraba del todo a este nuevo siglo y milenio cuando ya empieza una nueva década. 2010 suena a ciencia ficción. Y en cierta forma, lo es.
Desde hace unos días, de esta otra ciudad, desde este continente a miles de kilómetros del mío, me ha bastado abrir la computadora y dar algunos clics para que, al instante, aparecieran los rostros tan queridos de mi tía, mi prima y mis sobrinos. Qué invento prodigioso éste, que me devuelve la imagen como en ingravidez de mis seres queridos
Y la vida del otro lado de la pantalla aparece con un desfase pequeño de movimiento, y grande de contexto. Afuera, allá, brilla el sol y es pleno día: aquí, grandes nubarrones cubren el frío cielo de invierno y cae la noche. Allá, el autobús puede pasar en cualquier momento; acá, el tranvía circula según horarios establecidos y uno no puede decir “me dejó el tranvía” para justificar su retraso. Allá, uno dice libremente “te quiero” a la gente que quiere; aquí, uno se retiene por temor a que lo malinterpreten o a que lo juzguen demasiado sentimental. Allá, la diferencia de clases es enorme; aquí existe, pero se nota menos; allá, pocas personas se sientan solas en un café; aquí los cafés están llenos de solitarios.
Imposible transmitirles en unos minutos, ni siquiera en una hora completa, todo lo que guardo dentro; apenas encuentro las palabras. Estoy viviendo este momento aquí y allá; Internet nos trajo el don de la ubicuidad, quién lo hubiera creído. Esta noche, volveré a ver a mi tía, para quien poder vernos por una cámara resulta aún más increíble. Es una experiencia que no podría repetir a menudo; prefiero escribir; pues una parte de mí se queda allá con ellas, en la lejanía.
Despediré 2009 con cierta nostalgia –inherente a mi naturaleza de capricornio- por cada amigo que quisiera abrazar, pero con el ánimo tranquilo y agradecido por lo que viví este año y las lecciones que aprendí.
¡Que donde quiera que la celebren, con amigos o en familia, en casa o fuera, la última noche del año les sea muy grata y los haga felices!